-¡Sal ahora mismo si no quieres que te eche a palos, borracho desgraciado!
La cabellera se agitó y un palo cobró forma. La realidad se asentó en la mente de Damián y distinguió un mocho mugriento temblando a centímetros de su rostro. Un hombre bajito y regordete vestido de uniforme de la limpieza le miraba con el rostro enrojecido. Al pie de las escaleras vio el charco de vomitado amarillento que, seguramente, sería suyo propio y un condón usado colgando del primer escalón.
-¿Me has oído? -gritó el hombrecillo.
Y tanto, el griterío le perforaba los tímpanos y el cerebro. Se deslizó por la pared para dejar de estar acorralado y, a pesar de la confusión y el malestar que llevaba encima, sonrió con sorna hacia la puerta de salida.
-Al menos usé condón; alégrese.
El pobre hombre, fregona en mano, quedó aturdido ante semejante personaje, viendo cómo salía de la puerta y de su vida, uno de esos choques casuales con desconocidos.

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