viernes, 11 de junio de 2010

Belén estaba sentada de morros en el sofá mientras Sergio le ponía una tirita en el corte que se había hecho en la frente. A su alrededor, la casa parecía el escenario de alguna batalla de la Primera Guerra Mundial. A Sergio le hacía mucha gracia y sonreía todo el rato, pero Belén lloraba silenciosamente de pura rabia.
-¿Has visto cómo está la casa? -inquirió, rayando la histeria.
Sergio se sentó a su lado cuando terminó saltando el respaldo. Belén apretó los puños porque le pareció muy feliz después de todo aquello.
-Pues como la has dejado, cariño. -dijo él serenamente.
-Borra esa sonrisa o te la quito en un momento. -amenazó sin mirarle a la cara.
Sergio se hartó a reír, porque le hacía mucha gracia su carácter. Belén lo miró, debatiéndose entre borrársela ya o ser compasiva. Aunque ese día, muy compasiva con los muebles no había sido.
-Vamos, Beli, incluso ese corte que te acabo de curar yo te lo has hecho tú al tropezarte con una silla que has tirado.
Belén continuó con los brazos cruzados y mirando al frente, con el rostro fastidiado como el de una niña. No quería darle la razón, por supuesto, pero tampoco quería ser cruel y quitársela.
-Tss, como si tú no hubieras tirado nada.
-Empezaste tú haciendo volar la vallija de tu madre, cariño -puntualizó con una sonrisa divertida.

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