Las dagas colgadas del cinto le golpeaban en el muslo al bajar corriendo los escalones de piedra. Se conocía al dedillo los intricados pasillos de las mazmorras porque de pequeña había jugado con su padre en ellos. Sin embargo, jamás los había recorrido sola, y mucho menos en una situación como aquella.
Trató de recordar dónde lo tenían encerrado y corrió entre las paredes estrechas y frías. Se detuvo en una puerta metálica a barrotes. El interior no estaba iluminado.
-Arken-llamó.
Dos esferas rojas y brillantes aparecieron en la oscuridad y en un segundo las tuvo justo al otro lado de la puerta. Se separó de golpe, sobresaltada. Había olvidado la rapidez que podían llegar adquirir los de su raza.
-Jewel-dijo él.
No parecía feliz de verla. Ella tampoco esperaba lo contrario. Se acercó lentamente y distinguió sus finos rasgos. Su nariz alargada, su tez pálida, sus labios delicados, sus manos alargadas y rudas. Y, entre el cabello castaño, las orejas puntiagudas. Ahora no le intimidaban esos ojos rojos.
-Necesitamos tu ayuda.
-Púdrete en la batalla -le escupió él.
Jewel trató de no parecer afectada. En ese momento no tenía que preocuparse por aparentar firme, porque con la armadura y las armas daba la sensación que quería dar.
-No peleo sola; también hay amigos tuyos.
En la oscuridad, Jewel vio que esos ojos rojos se transformaban en rendijas y la voz de Arken se tornó prudente.
-Pero los elfos oscuros no son de fiar.
-Lo sé.
-¿Entonces?
Jewel tragó saliva. Tenía que hacer un gran esfuerzo para pronunciar la frase que se le atragantaba desde hacía meses.
-Tú. No te merecías que te hubiera delatado.

o.o
ResponderEliminarvaya, me encanta!